En la práctica clínica, es primordial que aparte de tener una buena formación, los profesionales sepamos transmitir de forma adecuada el mensaje a los pacientes. Para ello, necesitamos adaptar a cada persona las herramientas con las que trabajamos. De no ser así, puede que una estrategia sea válida para uno, pero no para otro. ¿Esto significa que la herramienta falla? Significa que quizás la forma en la que lo hemos transmitido no ha sido la correcta. Debemos tener en cuenta que cada persona se puede encontrar en un momento diferente para afrontar el tratamiento, puede tener una emoción más o menos intensa, estar condicionado por el miedo en mayor o menor medida, por la ansiedad o por la depresión, todo ello influye en la forma que recibe el mensaje. 

¿Cómo lo realizamos?

La información ha de ser clara y concisa, pero también expresada de forma agradable.

Además, es necesario que sea consciente del grado de deterioro que tiene y que el cambio, desarrollo o mejora va a llevarlo a cabo él/ella, siendo imprescindible su implicación y esfuerzo. 

No siempre es fácil conseguir que la persona vea la correspondencia entre sus respuestas y las consecuencias que está teniendo. Por ejemplo, evitar una conducta para que no aparezca la ansiedad, le genera habituarse a esa evitación e incrementar el miedo a la ansiedad. Por ello, son muchas las ocasiones en las que usamos las metáforas como herramientas explicativas. Estas, necesitan ser las adecuadas en cuanto al momento temporal en que se encuentra la persona. Necesitan reflejar los pasos necesarios para cambiar el comportamiento o sus las consecuencias. Y necesitan ofrecer una solución o afrontamiento. 

Elegir la metáfora correcta tanto para la enseñanza que queremos que aporte, como para adaptarla a la persona y el momento temporal en el que se encuentra no es tarea fácil, pero de hacerlo de forma adecuada, ayuda a vislumbrar el paso adecuado.

Una de las metáforas que uso para trabajar la empatía y la rigidez de nuestros pensamientos es la de los “seis ciegos y el elefante”. 

Hace mucho tiempo vivían 6 sabios ciegos que se pasaban todos los días intentando descifrar las preguntas más complejas de la vida. Exponían todos su criterio y decidían cuál era el más sabio. Un día, discutiendo acerca de la forma exacta de un elefante, no conseguían ponerse de acuerdo. Como ninguno de ellos había visto ni tocado nunca uno, decidieron ir en busca de uno para solventar sus dudas.

Dispuestos a ello, emprendieron la marcha por una senda a través de la selva. Pronto se dieron cuenta que estaban al lado de un gran elefante. Llenos de alegría, los seis sabios ciegos se felicitaron por su suerte. Finalmente podrían resolver el dilema.

El más decidido, se abalanzó sobre el elefante con gran ilusión parar tocarlo y así desvelar la incógnita. Tocó el costado del animal. “El elefante –exclamó– es como una pared de barro secada al sol”.

El segundo avanzó con las manos extendidas y tocó  los colmillos. “¡Sin duda la forma de este animal es como la de una lanza!”. 

Entonces avanzó el tercer ciego justo cuando el elefante se giró hacía él. El ciego agarró la trompa y la palpó, notando su forma y movimiento. “Escuchad, este elefante es como una larga serpiente”.

El cuarto sabio se acercó por detrás y recibió un suave golpe con la cola del animal, que se movía para asustar a los insectos. El sabio agarró la cola y no tuvo dudas, “Es igual a una vieja cuerda” exclamó.

El quinto de los sabios se encontró con la oreja y dijo: “Ninguno de vosotros ha acertado en su forma. El elefante es más bien como un gran abanico plano”.

El sexto sabio que era el más viejo, se encaminó hacia el animal con lentitud, encorvado, apoyándose en un bastón. De tan doblado que estaba por la edad, pasó por debajo de la barriga del elefante y tropezó con una de sus gruesas patas. “¡Escuchad! Lo estoy tocando ahora mismo y os aseguro que el elefante tiene la misma forma que el tronco de una gran palmera”.

Satisfecha así su curiosidad, volvieron a darse las manos y tomaron otra vez la senda que les conducía a su casa. Sentados de nuevo bajo la palmera que les ofrecía sombra retomaron la discusión sobre la verdadera forma del elefante. Todos habían experimentado por ellos mismos cuál era la forma verdadera y creían que los demás estaban equivocados.